17 de agosto de 2022

Obregón reconstruyó al país tras la Revolución

“Álvaro Obregón fue un hombre clave en la historia de México, la de la reconstrucción después de una larga lucha civil en la que resultó triunfador. En su persona convivieron el reformista y el conservador, el estadista y el hombre de negocios, el idolatrado y el odiado, el sereno y el temperamental, el benévolo y el cruel, una suma de cualidades y defectos que son el material de que están hechos los conductores de hombres…»

En la presidencia de México desde el 1 de diciembre de 1920, Obregón procuró la pacificación del país a través de la integración a la vida política de zapatistas y villistas, el combate a rebeliones como las de los generales Juan Carrasco y Francisco Murguía, el asesinato sospechoso de generales como Lucio Blanco y Francisco Villa y de líderes como Miguel Alessio Robles…

También obtenía la obediencia a su poder mediante canonjías y sobornos a los generales levantiscos; se le atribuye la frase: “no hay general que aguante un cañonazo de cincuenta mil pesos». Esta práctica de premiar más que nada las lealtades personales en el ejército, sería una de las causas del descontento de quienes no eran beneficiados y abriría un campo fértil para la futura sublevación delahuertista.

Para Obregón era necesario centralizar y concentrar el poder para constituir un Estado fuerte, nacionalista, más autoritario que democrático, pero capaz de iniciar la reconstrucción del país. Sin embargo, durante su mandato se respetó la libertad de expresión tanto en la prensa como en las convenciones partidistas y desde luego en el Congreso de la Unión.

Asimismo, para restar fuerza a los gobernadores y evitar sublevaciones de caciques y caudillos, disolvió las fuerzas armadas estatales, continuó el licenciamiento de la tropa e inició la profesionalización y centralización del ejército.

Además, para detener la actividad sediciosa del clero católico porfirista, enemigo declarado de la revolución, expulsó al delegado apostólico Ernesto Fillipi por violar la Constitución durante el acto de inicio de la construcción del Cristo del Cubilete, en Silao, Guanajuato, en enero de 1924.

Cuando, desafiante, el clero anunció la celebración del Congreso Eucarístico Internacional a celebrarse en octubre de 1924, Obregón respondió con un desplegado:

“Ha sido el fanatismo el más franco aliado de las tiranías. Él atrofia el cerebro, porque le desconoce el derecho a la investigación y a la discusión; atrofia todo civismo, porque establece la sumisión incondicional a sus pastores; es incapaz de generar toda noble aspiración de mejoramiento, porque su reino no es de este mundo; es incapaz de rebelarse contra sus propios dolores, porque tiene que aceptarlos sumisamente, a cambio de la ventura que se le brindará después de la muerte…»

Sin embargo, nunca dejó de tener contacto con altos dignatarios de la Iglesia y anteriormente, asistió a la misa en la catedral metropolitana celebrada con motivo del  primer centenario de la Independencia, justo cuando la misma Iglesia puso la figura de Agustín de Iturbide por encima de las de los héroes insurgentes.

Los tres primeros años de su gobierno fueron de aliento y reconstrucción. Decretó la Ley de Ejidos, instauró la Procuraduría de Pueblos y publicó el Reglamento Agrario. Fue el primer presidente que puso en práctica la reforma agraria mediante “dotaciones” de tierra para crear la pequeña propiedad, pero preservando las grandes unidades de explotación, así se dotaron o restituyeron 1,200,000 hectáreas. A fin de repartirse, se adquirió, entre otras propiedades, por cuenta de la Federación, el enorme latifundio de los Terrazas en Chihuahua. Obregón estaba “seguro de que en muchos estados de la República, si se hiciera un fraccionamiento total, desde luego muchas de esas propiedades quedarían abandonadas, ya por la falta de conocimientos en agricultura de sus propietarios o por la negligencia de otros; y esto traería naturalmente fatales consecuencias, porque se suspendería una gran parte de nuestra producción agrícola.” En realidad simpatizaba con la pequeña propiedad y la agricultura moderna, mecanizada y de alto rendimiento. Sin dejar de apoyar al ejido, promovió las cooperativas ejidales para darles competitividad frente a la gran empresa agrícola.

Creó la Secretaría de Educación Pública el 9 de julio de 1921, con José Vasconcelos al frente, para federalizar la educación primaria y dar gran impulso a la educación popular y rural, a la que se destinó un presupuesto superior a los que anteriormente se le habían otorgado. “La educación es la función más importante y trascendental del poder público”. Vasconcelos organizó misiones culturales y protegió la labor de los maestros rurales que eran hostilizados, mutilados de oreja o nariz y hasta asesinados por los caciques locales. Para Sergio de la Peña (De la revolución al nuevo Estado): “De hecho, la educación se convirtió en el brazo revolucionarios más poderoso, que agitaba, politizaba, organizaba, atacaba y también transmitía conocimientos. Mediante su acción, el sentido de nación se empezó a consolidar”. Asimismo, con el apoyo de Obregón, quien no consideraba extranjeros a los latinoamericanos sino compañeros de «dolores y desventuras», promovió una cultura mexicana para hacer de México, la capital cultural de América Latina.

Paralelamente a los avances de la educación pública, desde 1921, en los inicios del gobierno de Obregón, comenzó la radio en México. Se instaló la Casa del Radio de Raúl Azcárraga Vidaurreta vinculada al diario El Universal, la radiodifusora de Martín Luis Guzmán director del periódico El Mundo y la de la Cigarrera El Buen Tono. Cuando fueron más numerosas las estaciones de radio, todas de carácter privado y dedicadas a fines comerciales, para defenderse de la posible intervención gubernamental fundaron en 1923 la Liga Central Mexicana de Radio, que fue el antecedente de la Cámara Nacional de la Industria de Radio y Televisión.

A pesar de su escasa educación formal, Obregón no careció de inquietudes intelectuales y hasta escribió poemas. En una carta a Vargas Vila escribió: “¿Y por qué los pueblos latinos del continente quedaron huérfanos demasiado jóvenes?… Desde que Cervantes sabiamente dividió en dos ramas la raza española, haciendo representar una por Don Quijote y la otra por Sancho, quedaron definidas las tendencias de aquel gran pueblo, que cuando necesitó llevar a cabo la ocupación y conquista del Nuevo Mundo, empresa llena de aventuras y peligros, tuvo que encomendar necesariamente su realización a los representantes de Don Quijote, quienes la llevaron a cabo asombrando al mundo con sus fazañas [sic]. Terminada la conquista y desaparecidos los peligros, cuando ya el eco de nuestras riquezas llenaba el Viejo Mundo, acudieron en parvadas los representantes de Sancho, invadiendo todas las fuentes de producción y amagando absorber todas las riquezas del Nuevo Continente, sin cuidar de la cultura y del progreso moral e intelectual de las razas que lo habitaban. Fatalmente, el choque se produjo, porque en el Continente todo y muy especialmente en México y en el Perú, donde había ya dos civilizaciones y dos razas de abolengo, había encontrado terreno muy propicio el espíritu de los Quijote, determinado en la idiosincrasia de nuestros criollos por el más alto sentimiento de dignidad y de desinterés, quienes no pudieron soportar la avidez absorbente de los representantes de Sancho y la Independencia se hizo, logrando estos pueblos su emancipación de España antes de tener una preparación suficiente que los capacitara para hacer una defensa propia y contener la invasión de otros muchos piratas, que también han acudido a disputarnos nuestros tesoros.”

En materia obrera, convencido de que el Estado debe asumir la tutela de los trabajadores procuró la conciliación de los conflictos obrero-patronales y además, trató de implantar el “seguro obrero”, antecedente del seguro social. 

Sin embargo, Obregón fortaleció el sindicalismo al apoyar que los sindicatos fueran reconocidos como la representación colectiva de los trabajadores ante el capital; al reconocer la cláusula de exclusión como medio de disciplina sindical necesaria en las luchas obreras; y al rechazar la demanda patronal de que se impusieran limitaciones al derecho de huelga. De este modo, ofrecía garantías y facilidades al capital, a la vez que se erigía como representante y protector de los trabajadores. Así pudo imponer frente a los grandes capitales el papel del Estado tanto como conciliador de los conflictos obrero-patronales, como rector y promotor de la economía nacional dentro de un régimen capitalista.

Inició la reconstrucción del sistema financiero mediante la devolución de los bancos incautados durante el movimiento armado y la Ley General de Instituciones de Crédito; además estableció el impuesto sobre la renta, porque el impuesto indirecto al consumo, “es el impuesto favorito de las clases acomodadas por ser la cuota regresiva en proporción a la renta”.

En el campo internacional, Obregón buscó establecer acuerdos para solucionar el problema de la deuda mexicana y reconoció a la URSS, lo que convirtió a México en el primer país americano que estableció relaciones con los soviéticos.

Para atender la deuda externa, estimada en 500 millones de dólares, se invitó a todos los gobiernos a que presentaran las reclamaciones que sus súbditos tuvieran pendientes y al mismo tiempo, Adolfo de la Huerta, secretario de Hacienda entabló negociaciones con el Comité Internacional de Banqueros con intereses en México. Así, el 16 de junio de 1922, se suscribió el Tratado De la Huerta-Lamont que consolidó y redujo las responsabilidades financieras contraídas por las administraciones anteriores, aunque dispuso condiciones imposibles de cumplir para el erario mexicano. Inmediatamente después se reanudó el servicio de la deuda exterior.

Para ayudar al pago de la deuda externa, el gobierno de Obregón rebajó en tres ocasiones los salarios de los empleados federales, despidió personal y canceló inversiones, pero no aceptó las condiciones onerosas que trataban de imponerle los banqueros extranjeros para otorgarle créditos: “prefiero entregar las arcas vacías pero dignas, y no llenas pero con una soga al cuello”.

En particular, Obregón se enfrentó abiertamente a las presiones de las compañías petroleras norteamericanas, a las cuales aumentó el impuesto decretado por Carranza y agregó otros nuevos impuestos. Durante el conflicto, las empresas respondieron bajando su producción y despidiendo a miles de trabajadores, financiaron las bandas armadas de Manuel Peláez y mediante dos barcos de guerra anclados en Tampico, amenazaron con una nueva invasión, a lo que respondió Obregón con boicots y huelgas organizadas por la CROM. Finalmente, la Suprema Corte de Justicia dictaminó el 20 de agosto de 1921 que la nueva Constitución no era retroactiva para las empresas que hubieran hecho algún “acto positivo” antes del 1º de mayo de 1917 y además, ambas partes acordaron que el 10% de la recaudación de los impuestos petroleros se destinaran al pago de la deuda externa. La táctica de Obregón fue ceder en lo accesorio para defender lo principal; en lo esencial, logró afirmar el derecho de la nación sobre el subsuelo y la renuncia de las empresas extranjeras a solicitar la protección de sus gobiernos en los litigios entre ellas y el gobierno mexicano.

Fue así que Obregón firmó los Tratados llamados de Bucareli, por los que no se aplicó de manera retroactiva el artículo 27 Constitucional a las compañías petroleras, se consintió en pagar en efectivo y a precio de mercado, las afectaciones a los latifundios mayores de 1,755 hectáreas y se aceptaron reclamaciones por los daños sufridos durante la revolución en las propiedades de los norteamericanos. Según Josefina Zoraida Vázquez y Lorenzo Meyer (México frente a Estados Unidos) por medio de estos tratados “Estados Unidos logró cortar las alas de la legislación revolucionaria nacionalista”… Conforme al mismo autor (Las Raíces del Nacionalismo Petrolero en México): “Según Aarón Sáenz –subsecretario de Relaciones Exteriores de Obregón- las conferencias fueron un sucedáneo necesario de la ley reglamentaria del artículo 27, cuya ausencia no dejó otro camino para interpretar la ley. En opinión de ciertos autores estadounidenses, si México no hubiera aceptado los acuerdos de 1923, el gobierno estadounidense muy posiblemente hubiera dado su apoyo a una rebelión de carácter contrarrevolucionario, o invadido el país para poner fin a un impasse que era una amenaza constante a los intereses de sus ciudadanos.”

El gobierno de Obregón fue reconocido por los Estados Unidos y las relaciones entre ambos países se reanudaron el 31 de agosto de 1923, que estuvieron suspendidas desde el 7 de mayo de 1920. Obregón gozó entonces de los préstamos, de las armas y del apoyo en general de los norteamericanos, lo que le permitió vencer la inminente rebelión del candidato presidencial del Partido Nacional Cooperativista, Adolfo de la Huerta, que estalló el 4 de diciembre de 1923, e imponer a Calles como su sucesor en 1924. Quedó la duda si en esas conferencias de Bucareli se convinieron acuerdos secretos y extraoficiales en forma de actas de las sesiones y si esas actas fueron realmente la parte principal de lo convenido acerca del petróleo y las expropiaciones agrarias.

Así, mientras Carranza fue reconocido por Washington, a pesar de haber expedido leyes que afectaban a las empresas petroleras, a Obregón se le exigió no sólo no aplicarlas, sino derogarlas en la práctica; pero era muy grande la necesidad que tenía Obregón de sobrevivir a la rebelión delahuertista.

Obregón había ofrecido a Adolfo de la Huerta su regreso a la presidencia, pero éste la había rechazado por cuanto significaba su subordinación y a partir de entonces se inició el alejamiento entre ambos, que siguió con su desacuerdo con los Tratados de Bucareli, la violación a la soberanía popular en el caso de las gubernaturas de Nuevo León, Coahuila y San Luís, y culminó con la renuncia de De la Huerta al gabinete. Sin embargo, De la Huerta siguió siendo considerado uno de los precandidatos independientes fuertes para sucederlo y recibía el apoyo de importantes grupos militares y civiles contrarios a Calles. Pero «Obregón era un maestro consumado en la operación de orillar a sus opositores a improvisar decisiones y a perderlos en sus propios laberintos»! (Castro, ya citado). Así, Adolfo de la Huerta se enteró en el diario veracruzano El Dictamen que encabezaba una sublevación de un grupo de militares y no tuvo más opción que aceptar el reto.

En el combate de la revolución delahuertistas murieron más de siete mil militares y civiles. El efectivo del ejército era de 508 generales, 2758 jefes, 8583 oficiales y 59030 individuos de tropa; de ellos defeccionaron 102 generales, 573 jefes, 2417 oficiales y 23224 individuos de tropa. En ayuda de Obregón, el gobierno del presidente Coolidge aportó material de guerra, aviones, créditos, privilegios de transito, presiones diplomáticas, movimientos de barcos en puertos rebeldes, y toda clase de elementos. Por su parte, Edward L. Doheny, presidente de la Pan-American Petroleum and Transport Company y la Mexican Petroleum Company, contribuyó con un «préstamo forzoso» de cinco millones de dólares para combatir al delahuertismo que se había apoderado de las costas petroleras.

Con la derrota de los rebeldes en 1924, Obregón pudo eliminar a todos los militares de alta graduación que podían disputarle el poder legítimamente, como los generales Alvarado y Diéguez, por lo que con la muerte o expatriación de los militares más distinguidos, al asumir el mando los subalternos, el ejército nacional quedó por completo leal a Obregón o a quien él le señalara.

Para Abdiel Oñate (Gobernantes Mexicanos): “Durante su periodo presidencial (1920-1924) Obregón enfrentó la tarea de implementar la Constitución de 1917, la cual había asignado al Estado grandes responsabilidades. Éstas incluían ser el árbitro de las relaciones entre las clases sociales, el defensor de los recursos naturales de la nación y el protector del derecho a la tierra de los campesinos y de los derechos laborales de los trabajadores; en una palabra, el Estado debía erigirse en el rector de un proyecto nacional de desarrollo. La contribución de Obregón fue nada menos que crear las primeras instituciones e instrumentos de política que le permitirían al Estado cumplir con este mandato.”

Después de pasar la banda presidencial a Calles, otra vez como Cincinato, Obregón se retiró a la vida privada en Sonora; emprendió la siembra de garbanzo y arroz; aprovechó su influencia política y amplió su campo de acción con otros productos agrícolas en las mejores tierras de cultivo de Sonora, Sinaloa y Coahuila; además, instaló fábricas de jabón, de equipos agrícolas, distribuidoras de autos y empacadoras de mariscos. Obregón vivía en Sonora con la sencillez de un hombre de campo. Cuenta el Corl. Felipe Islas (Mujeres y Deportes) que «un diplomático extranjero le visitó y al verlo en esa facha, recordando los tiempos en que lo había conocido en Chapultepec y Palacio Nacional vestido con la más severa etiqueta, le preguntó asombrado: ¿Qué disfraz lleva Su Excelencia? Y Obregón, con su magnífico humor de siempre, le contestó: No es ahora cuando estoy disfrazado, sino cuando era Presidente …»

Obregón nunca dejó la milicia y con quince mil hombres a su mando combatió a los yaquis, sus antiguos aliados. “Soy de la opinión de que los levantamientos de los yaquis ofrecen una brillante oportunidad al presente gobierno para terminar con la vergüenza que para Sonora y la República significa la manutención de la tribu, que es un núcleo de salvajes armados que han retrasado el desarrollo de una de las regiones más ricas del país, y quienes constantemente han cometido depredaciones que ni las mismas autoridades han podido explicar.”

Tampoco dejó la política y no cesó de mover los hilos para preparar su vuelta al poder. A escasos dos años del gobierno de Calles, inició el debate de la no reelección y de la ampliación del periodo de gobierno de cuatro a seis años. Así, el 28 de diciembre de 1926, se aprobó la reforma al Artículo 83 Constitucional que permitió ocupar la presidencia hasta por dos periodos de seis años, con un periodo intermedio entre ambos. Como la reforma fue a la medida de Obregón, el país se dividió entre reeleccionistas y antirreeleccionistas.

Meses antes había estallado la sangrienta rebelión cristera que pretendió modificar los artículos 3º, 5º, 27 y 130 de la Constitución de 1917, con lo que el país volvió a sumirse en una desgastante, aunque limitada guerra civil que consumía vidas y haciendas. En este conflicto, Obregón intentó en tres ocasiones llegar a un acuerdo con el clero, presentarse como un pacificador y así tener mayores posibilidades de ser reelecto. Para Obregón el clero aprovechaba los problemas internacionales para “demostrar a los descontentos extranjeros que en México tenían aliados, poniendo al servicio de intereses políticos la fe de los creyentes”, ya que las declaraciones del clero coincidían con la crisis provocada por las empresas petroleras, que se sintieron lesionadas con la promulgación de las Leyes del Petróleo y Extranjería. Por lo tanto, justificó las acciones gubernamentales, puesto que “el conflicto desaparecerá automáticamente cuando los directores de la Iglesia católica de México subordinen su vanidad ahora lesionada, y declaren estar dispuestos a prestar obediencia a las Leyes y a las autoridades encargadas de velar por su cumplimiento, aconsejando esta línea de conducta a todos los creyentes… los motines aislados, que han ocurrido en algunos estados de la República y que han tomado como bandera la restitución de los fueros y privilegios que poseía el clero antes de la Revolución, no han encontrado ningún eco en la conciencia colectiva, y así vemos cómo estos movimientos prácticamente han abortado.”

Cuando el clero suspendió el culto, Obregón insistió en su carácter político, «bajo la falsa suposición de que !as masas populares se amotinarían contra la Administración Pública, para cambiar su régimen por otro que se pusiera al servicio de los intereses de Roma… el problema ha sido planteado por los encargados de la Iglesia en sentido diametralmente opuesto a las doctrinas del Nazareno; aquel expulsó a los ricos de la Iglesia y declaró que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que un rico se salvara, y éstos han lanzado a los pobres de la Iglesia, negándoles el ejercicio de su culto para refugiarse en las filas de los adinerados.”

Obviamente, el Comité Episcopal respondió que lo que llamaba fueros y privilegios, eran «los derechos más sagrados que la propia naturaleza y que Dios ha concedido al hombre y que están sobre todas las constituciones y partidos políticos»; y que no eran «ningún privilegio ni fuero, sino la sincera y verdadera libertad».

El 26 de junio de 1927, Obregón, prematuramente envejecido, lanzó un extenso manifiesto a la Nación, en el cual explicó por qué salía de su retiro: la reacción acechaba y se disfrazaba para entrar a las luchas cívicas, tomar el poder y destruir la obra revolucionaria. Propuso institucionalizar la revolución, avanzar en la reforma agraria, atraer la inversión extranjera honesta no imperialista, alentar la industrialización con medidas proteccionistas para que los productos nacionales fueran sustituyendo a los importados.

En respuesta al Manifiesto de Obregón, el Partido Nacional Antireeleccionista resurgió y proclamó como su candidato al general Arnulfo R. Gómez. Por su parte, el general Francisco R. Serrano renunció a su cargo de gobernador del Distrito Federal para buscar también la presidencia de la República por el Partido Nacional Revolucionario, que prácticamente no hizo campaña alguna. Serrano basó su campaña en el antiobregonismo; Gómez en el antirreeleccionismo. «Dicen que tanto el general Gómez como el general Serrano le preguntaron al vencedor de Celaya si lanzaban sus candidaturas, y él les contestó: Láncenlas … Pero sin comprometerse a no aceptar él la suya, y mucho menos a apoyarlos para que llegaran a la Presidencia». (Francisco de la Vega. Mujeres y Deportes).

Para Obregón no bastaban cuatro años para realizar la obra revolucionaria y la «reacción» estaba en contra de su reelección porque quería impedir el avance revolucionario. Consideraba «reacción»: «la retracción que han hecho Arnulfo R. Gómez y Francisco Serrano, del programa vigorosamente social que sirve de base a la administración en que ellos colaboraron, para presentarse como candidatos… Es reacción el oro de los grandes truts de Wall Street, tratando de dominar al mundo con la doctrina del dólar».

Pedro Castro, ya citado, escribe que Serrano visitó a Obregón para notificarle que sería también candidato presidencial y que “al despedirse de Obregón, le dijo su contrincante en ciernes: – ¡Bueno, general, ya sabe usted que vamos a una lucha de caballeros! -‘Yo te creía inteligente, Serrano; si en México no hay luchas de caballeros: en ella, uno se va a la presidencia y el otro al paredón.»

Las campañas se iniciaron en el mes de julio siguiente. Los apoyos políticos más importantes de Obregón fueron el Partido Nacional Agrarista dirigido por Antonio Díaz Soto y Gama, y el Partido Laborista Mexicano encabezado por Luis N. Morones (con quien Obregón tendría dificultades por su «callismo»), además de muchas otras organizaciones surgidas al vapor, pero todos los esfuerzos electorales fueron coordinados por el Centro Director Obregonista. No se dio a conocer un programa porque «casi resulta inútil hablar de un programa de Gobierno cuando se ha desempeñado el cargo de Presidente de la República, durante un periodo completo de cuatro años, en el cual periodo quedó francamente definida mi concepción política y social…».

Los ataques de los opositores de Obregón fueron feroces, se le acusó de traicionar los principios por los que se había luchado, de falso líder de los campesinos, de pagar acarreados con el erario, de recibir fondos de las compañías petroleras; se le puso el mote de “Álvaro Santa Anna”; se dijeron frases hirientes (“ese hombre, no conforme con estar mutilado, hizo que se mutilara la Constitución” ) y amenazas: “si el voto popular sale burlado, no nos queda más recurso que el que el mismo Obregón empleó en 1920: las armas”.

Ante la fuerza de Obregón, a fines de septiembre, serranistas y gomistas entablaron negociaciones para formar un frente único antirreeleccionista. Pero Obregón era un maestro consumado de adelantarse a los acontecimientos y como después escribiría Martín Luís Guzmán en su novela “La Sombra del Caudillo”, les “madrugó”. Los forzó a radicalizarse y sorpresivamente, ambos candidatos fueron acusados por Calles de promover una sublevación que supuestamente implicaba el asesinato de Obregón, Calles y Amaro. Serrano fue detenido en Cuernavaca y asesinado en Huitzilac el 3 de octubre. Gómez, que se encontraba en Perote, Veracruz, fue perseguido y fusilado en Coatepec el 4 de noviembre de 1927. ”En este país, si Caín no mata a Abel, entonces Abel mata a Caín”, dijo alguna vez Vasconcelos.

El mismo Pedro Castro cita una entrevista en la que el general Claudio Fox, jefe de los sicarios que asesinaron a Serrano y sus seguidores, relata que al llevar ante Obregón, los cuerpos masacrados de los mismos, éste exclama: «Ah, muy bien -¿Y Pancho?-¿Dónde está Pancho que no lo veo? -Ahí está, mi general-, respondió un soldado. A ver….a ver; bájenlo, que quiero verlo. Y cuando se bajó el cadáver del Gral. Francisco R. Serrano y quedó tirado sobre la rampa del castillo de Chapultepec, el general Obregón exclamo irónico cual era su costumbre: ¡Qué feo te dejaron, Pancho…! E inmediatamente después, agregó: No digas que no te doy tu ‘cuelga’ [regalo]; en unos minutos más es el día de San Francisco».

Así fue que Obregón continuó su campaña como candidato único en el ambiente enrarecido por la represión y la guerra cristera. Ni José Vasconcelos ni Luis Cabrera aceptaron la candidatura antirreeleccionista. En Tucson, Texas y después en Orizaba, Obregón fue objeto de atentados fallidos. Obregón no se inquietó y expresó: “Duraré hasta que alguien se decida a cambiar su vida por la mía”. El 13 de noviembre sufrió otro atentado en el Bosque de Chapultepec, del que salió ileso; por eso fueron fusilados algunos miembros de la Liga de Defensa Religiosa, entre ellos el padre Pro y su hermano, a quienes se les atribuyó el atentado.

Lo real es que «ciertos dirigentes de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa pensaron en la forma de acabar con el candidato y resolver con ello la situación vigente en el país, terminando así con el inútil derramamiento de sangre que se efectuaba en el occidente de la república y eliminando de esa forma a todos los hombres que, a su modo de ver las cosas, eran directamente responsables de la situación por parte del gobierno. Para pensar así se, apoyaban en la tesis de la guerra sintética que muchas veces invocaron para justificar su actitud, inspirados en el pasaje bíblico de Judith y Holofernes. En esos momentos señalaron como culpables de la situación a los generales Calles y Obregón y contra ellos iniciaron su campaña; en ella intervinieron católicos de ambos sexos, pertenecientes a diversas clases sociales y dispuestos a todo, incluso a dar su vida por el logro de sus propósitos […]. Por otra parte, las autoridades determinaron demostrar, con medidas cada vez más enérgicas, que el gobierno también estaba dispuesto a todo con tal de acabar con la actitud rebelde de los católicos. Se continuó con el cierre de los establecimientos de tipo religioso que habían seguido funcionando hasta ese momento y el 25 de enero de 1928 se clausuró el Seminario Conciliar de la Ciudad de México, donde fueron aprehendidos algunos profesores. Pocos días después, el 30 de enero, el monumento dedicado a Cristo Rey fue bombardeado y destruido, previa desocupación de la gente de la zona.»(Olvera Sedano Alicia. La Guerra Cristera).

Obregón ganó las elecciones el 1º de julio de 1928 con 1,670,453 votos. Al parecer sus primeras acciones iban a ser poner fin al conflicto religioso que ensangrentaba a algunas regiones del país, pues ya se habían reunido sus enviados con los obispos Ruiz y Flores e Ignacio Valdespino; y también negociar arreglos con los petroleros norteamericanos.

Ya como presidente electo, un grupo de políticos guanajuatenses le ofrecieron un banquete en el restaurante La Bombilla. Mientras privaba una franca y alegre camaradería y la orquesta típica de Esparza Oteo interpretaba canciones como el “Pajarillo Barranqueño” y «El Limoncito», su pieza favorita, Obregón recibió tres disparos del revolver que llevaba escondido José de León Toral, quien pretextando dibujarlo, había logrado acercársele. Así murió el día 17 del mismo mes de 1928.

Su cadáver fue conducido al Palacio Nacional para rendirle honores y al día siguiente trasladado a Sonora conforme a su deseo. El asesino material fue sentenciado a muerte y fusilado el 9 de febrero de 1929; asimismo, fue condenada a 20 años de prisión la religiosa Concepción Acevedo de la Llata, la Madre “Conchita”, bajo el cargo de autoría intelectual.

Francisco Martín Moreno sostiene en su novela “México Acribillado”, la hipótesis, con base en un acta del reconocimiento médico practicado al cuerpo de Obregón y en el análisis de las relaciones de Luís N. Morones y la madre Conchita, que el presidente electo no sólo fue muerto por las balas de Toral, sino también por francotiradores que dispararon simultáneamente, y que estos asesinos eran enviados por Morones para asegurarse que Obregón muriera. Esto explicaría las 19 heridas de distintos calibres encontradas en el cadáver. De modo que por distintos motivos, tanto Calles y Morones, como el obispo Francisco Orozco y Jiménez, la madre Conchita y Toral, sin haberlo conversado jamás, convergieron en el propósito del atentado, pues a ninguno de ellos convenía que Obregón regresara a la presidencia.

Lo cierto fue que la investigación sólo abarcó a las personas involucradas directamente en el asesinato. Jamás se indagó más allá, ni se llamó a comparecer a Calles, Morones y a los altos dignatarios eclesiásticos.

Poco después del asesinato de Obregón, en su último informe, el presidente Calles declaró concluida la época del caudillismo e iniciada la del régimen institucional. Así, como señala Oñate: “Paradójicamente, uno de los aspectos del legado político de Obregón…fue su muerte que permitió (al grupo en el poder) unificar a la nación, identificar héroes y villanos, y sirvió para consolidar el proyecto político de la Revolución expresado en el Estado.”

En el lugar en que se asentó el restaurante en que fue asesinado, ubicado en San Ángel, dentro de la alcaldía de la CdMx que hoy lleva su nombre, está el monumento en honor de Álvaro Obregón, en cuyo interior estuvo el brazo que perdió el caudillo en Celaya hasta 1979. Sus restos descansan en el Monumento a la Revolución.

El libro citado de Pedro Castro termina con el siguiente párrafo: “Álvaro Obregón fue un hombre clave en la historia de México, la de la reconstrucción después de una larga lucha civil en la que resultó triunfador. En su persona convivieron el reformista y el conservador, el estadista y el hombre de negocios, el idolatrado y el odiado, el sereno y el temperamental, el benévolo y el cruel, una suma de cualidades y defectos que son el material de que están hechos los conductores de hombres, aunque para él la grandeza fue un imposible. Su vida es una travesía extraordinaria, desde un pueblo ignoto y lejano como tantos, hasta la puerta grande de la historia. Con su muerte se cerró un ciclo más de los caudillos nacionales y se abrió el de un sistema autoritario de larga duración, llamado a perdurar hasta el final de su siglo, y su imagen evoca la epopeya y la tragedia de una revolución que marcó, para bien o para mal, el destino de México.«

Doralicia Carmona: MEMORIA POLÍTICA DE MÉXICO.

Efeméride: Nacimiento 19 de febrero de 1880. Muerte 17 de julio de 1928.   

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