30 de septiembre de 2022

Para el 2024, Ebrard se ve en el espejo de 1994

AMLO, Ebrard y Durazo. ¿Se repetirán los hechos (Salinas, Camacho y Colosio)  30 años después?

En 1994, Ebrard estaba al lado de su maestro, Manuel Camacho, opuesto a la candidatura de Colosio… Hoy, ante la preferencia por Claudia Sheinbaum de AMLO, quien además le mina su trabajo en Relaciones Exteriores, la opción para buscar la presidencia sería Movimiento Ciudadano, donde el suspirante más potente es nada menos que Luis Donaldo Colosio hijo.

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Durante prácticamente todo el sexenio de Salinas, Manuel Camacho Solís fue el “hijo” consentido de la administración. El prototipo del subordinado leal —y también predecible— de aquel mandatario. La atención siempre estaba enfocada en él; Carlos Salinas le cedía y encomendaba a él las tareas más complicadas de gobierno.

Eso, hasta que no lo hizo. Llegó el “hijo pródigo”, ese que despertó en Salinas todas las confianzas (y esperanzas de trascender su gestión a través de él), tanto así que lo escogió para ser su sucesor: Luis Donaldo Colosio Murrieta.

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No me voy a detener a especular si luego el presidente se arrepintió de su dedazo o no; tampoco si eso pudo haber culminado en el asesinato de Colosio en marzo de 1994. Para fines de la historia que relato en este texto basta decir que quien en algún momento era foco de todos los reflectores y se perfilaba como “favorito”, Camacho, finalmente no lo fue, y sus protagónicos berrinches empantanaron la campaña de Colosio que terminó en aquel fatídico 23 de marzo.

Son días de profunda reflexión para Marcelo Ebrard. Las señales que surgen desde el corazón de Palacio Nacional ponen en entredicho sus aspiraciones, o al menos el tránsito de ese sendero a través de Morena. El secretario más sólido y posiblemente mejor preparado de la 4T enfrenta agresiones cada vez menos sutiles, en una guerra proxy que toma cuerpo con el correr de los meses.

La publicación de la carta incendiaria de AMLO contra el Parlamento Europeo sin poner en consulta al canciller -o peor, sin siquiera informarle- es, para muchos, la cristalización de la creciente mala relación. Pero Ebrard lleva meses leyendo mensajes que, según varios de sus colaboradores, lo van empujando a evaluar una salida del Gabinete.

No es nada novedoso. AMLO suele someter a sus aliados «moderados» -o con ciertos destellos de autonomía- a una suerte de reto de resistencia. Los expone, los contradice, los debilita frente a sus interlocutores. Los agota. Le pasó a Poncho Romo, lo sufrió Arturo Herrera, por mencionar algunos casos icónicos. Y así, salvo excepciones, tenemos un gabinete en silencio, paralizado, sin iniciativa.

En contraparte, en las últimas semanas Claudia Sheinbaum ha contado con un elocuente respaldo de la cúpula obradorista. En pocos días, reunió a todas las gobernadoras en el encuentro Mujeres por la Cuarta Transformación y también ofició como co-anfitriona en el evento municipalista. En ambos actos la militancia la pidió como candidata para 2024.

Hubo otros gestos en ese mismo sentido. Un puñado de semanas atrás, Adán Augusto reunió en privado a todos los diputados, alcaldes y regidores mexiquenses de Morena. En el palacio de Segob, les comunicó que toda la operación de la revocatoria de mandato quedaba en manos de Sheinbaum. A ella debían reportarle cualquier asunto político. A nadie más.

Unos días más tarde, esa misma reunión privada se repitió, pero con los gobernadores del Pacífico -incluyendo a Alfonso Durazo, quien en el 94 era secretario de Colosio-, y toda la tropa de funcionarios obradoristas de esa región. El mensaje de Adán fue idéntico. «El empoderamiento de Claudia en estas horas es total», reconocen en Segob.

El rol de Mario Delgado también aparece con frecuencia en los cálculos de Ebrard. Y siempre con una creciente desconfianza. El dirigente de Morena hace tiempo que repite que no es «empleado» del canciller, y que su carrera política tiene vuelo propio. El asesor estrella de Delgado, Iván Silva, lo convenció de que sólo con Sheinbaum de candidata presidencial puede aspirar a pelear la Jefatura de Gobierno en CDMX.

Como si fuera poco, detrás del conflicto con España, pero también en la designación de embajadores intransitables como Pedro Salmerón, aparece la figura de la Primera Dama. En la 4T es un secreto a voces que Beatriz Gutiérrez ejerce una especial resistencia contra el canciller. Sólo hay que revisar las columnas de Agustín Gutiérrez Canet o repasar la tortuosa relación con Martha Bárcena.

Estas dudas probablemente lleven a Ebrard a un viaje por 1994, cuando su maestro Manuel Camacho Solís se enfrentó al mismo desafío ante Carlos Salinas de Gortari, aunque con notables matices, por supuesto. El ex regente del Distrito Federal -de fluidos lazos con la oposición al salinismo- amagó y estiró la liga, pero jamás la rompió. Al menos hasta finales de marzo de ese año. El asesinato de Luis Donaldo Colosio desde luego ensucia cualquier análisis posterior.

«Manuel siempre pensó que se le debía haber participado de otra forma, o que se le hizo creer otra cosa. No estaba en desacuerdo con la persona elegida, sino por la forma en que eso se hizo», es el recuerdo del propio Ebrard en el documental de Diego Enrique Osorno. Casi 30 años después, ¿qué aprendizaje habrá sacado Ebrard de esa experiencia, quizás el destape más traumático del México moderno? Por lo pronto, desde las oficinas de SRE aseguran oficialmente que Ebrard está firme.

El detalle es que, si Ebrard optara por transitar una candidatura por fuera de Morena, su destino casi inexorable sería Movimiento Ciudadano, donde el suspirante más potente es nada menos que Luis Donaldo Colosio hijo.